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EL VINO Y LOS CINCO SENTIDOS: LA VISTA

El vino es un mundo que requiere de los cinco sentidos para exprimir al máximo sus cualidades. Hoy comenzaremos un análisis de los mismos para degustar el placer que envuelve esta bebida y conocer en cada uno de los casos cuáles son los detalles que tenemos que valorar. Comenzaremos con el sentido de la vista:

La vista constituye el primer contacto con el vino. El aspecto visual de un vino nos ayudará a determinar algunos datos que pueden guiarnos sobre la calidad o el estado de consumo de un vino. Tales como el cuerpo, la edad y el estado en el que se encuentra el vino. Esta información nos la darán factores como la limpidez, el color, la tonalidad, la lágrima etc.

Eso sí, la apariencia nunca debe llevarnos a emitir sentencias arriesgadas, aprobatorias o condenatorias, un cromatismo atractivo puede condicionar al consumo, pero no debe ser causa de premio o castigo a la hora de la cata. Es el caso por ejemplo de las burbujas típicas de los espumosos, que forman a veces rosarios espectaculares en el interior del cristal. Hemos de valorar la efervescencia de estos vinos, para no caer en el error, sólo a partir de que el carbónico tome contacto con nuestra lengua, o los preciosos colores violáceos de vinos rosados y tintos jóvenes que en muchas ocasiones van acompañados de sabores vegetales (amargo no agradable) y sensaciones sulfurosas.

Por otro lado, a ningún vino le corresponde una perfección de colores, y en consecuencia no deben ser premiados o castigados en la cata, a no ser que en el vino se manifiesten síntomas de oxidación, o que falten la nitidez, la transparencia, la brillantez o la vivacidad.

Se puede reconocer el tiempo de envejecimiento de un vino, ya que clarea el color de los tintos y  oscurece el de los blancos. Reconoceremos así los tintos jóvenes por el color granate o de cereza madura y el borde violáceo/azulado.

Con la edad, los tintos pasan a una banda cromática rubí-cereza, a veces con ribetes anaranjados o ligeramente amarillos. Con los años, avanzan hacia un color rubí-teja, y a los tonos ocres y marrones.

Los rosados comienzan a perder su natural frescura cuando sustituyen los rosa-fresa-frambuesa por tonos asalmonados, ojo de perdiz, cobrizos o piel de cebolla. No obstante, en nuestros días, el color piel de cebolla o asalmonado tiende a imponerse en este tipo de vinos.

En materia de blancos, el abanico se despliega de los amarillos pajizos acerados o pajizos verdosos, a los amarillos alimonados, paja-dorados, dorados pálidos, ambarinos, oro viejo, etc.

Hay otros elementos que también influyen en la tonalidad del vino, como pueden ser la variedad con la que se ha hecho el vino, su elaboración, la crianza en barrica, etc

Esperemos que a partir de ahora nos fijemos en el vino y lo podamos analizar antes de continuar con la puesta en práctica de los otros sentidos.